¡Es un problema doblemente delicado! Aborrecemos los abusos sexuales, cuando es sobre menores se suma la indignación, y si el perpetrador es otro menor… muchas veces nos quedamos sin palabras; superados por la situación.
 
Este tema requiere un tratamiento minucioso, ya que se trata de dos subjetividades gravemente perturbadas por un agente externo (un abusador). Me refiero al niño que es abusado y al menor perpetrador del abuso. 
 
Cuando somos niños no gozamos de todas las posibilidades que nos brinda el lenguaje, que nos permite recrear una situación mentalmente, revivir a través de la palabra aquello que nos impacta. Al recrearlo verbalmente podemos encontrar salidas y soluciones que en el momento real de la vivencia no pudimos encontrar. 
 
Entre las importantes funciones que cumple el juego en la infancia se encuentra ésta de permitir revivir en el juego una situación que resultó impactante (para bien o mal). En la vivencia real el niño no pudo encontrar una salida, vivió pasivamente aquella situación, mientras que en su juego él será el primer actor, tendrá el dominio buscando de esta manera tener el control sobre aquello que lo desbordó. 
 
Si bien es cierto que no podemos pensar en términos de juego (como lo lúdico) al abuso sexual entre niños, sí es posible pensarlo como el intento de un niño de revivir una situación que sufrió, que no comprende y en la que fue víctima, es un intento fallido de elaborar un trauma.
 
Será necesario ampliar la mirada, superar la indignación y rechazo para pensar que en esta situación son dos las personas que necesitan ayuda. 
 
En el trasfondo de esto hay un adulto que traiciona la confianza y amor del niño, y somos los otros adultos los encargados de ayudar a estos dos niños a volver a confiar y amar.